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viernes, 8 de septiembre de 2017

ჱܓNatividad de la Virgen María ჱܓ

El nombre hebreo de María se traduce por Domina en latín; el Ángel le da, por tanto, el título de Señora
San Pedro Crisólogo

 
 

“Todas las generaciones me llamarán Bienaventurada, porque ha hecho en mi maravillas el Poderoso”


 
 
 
 
 Debemos profesar una ferviente devoción a la Santísima Virgen, si queremos conservar esta hermosa virtud ; de lo cual no nos ha de caber duda alguna, sí consideramos que ella es la reina, el modelo y la patrona de las vírgenes [...]. San Ambrosio llama a la Santísima Virgen señora de la castidad; San Epifanio la llama princesa de la castidad; y San Gregorio, reina de la castidad'[..] (Santo Cura de Ars, Sermón sobre la pureza).


Niña celestial, que con tantos prodigios de gracias te dignaste mostrar tus deseos de ver honrada tu tierna infancia -aquel período de tu existencia que fue tan grande ante Dios, por el privilegio de tu inmaculada concepción y natividad dichosa. Tú, la más privilegiada entre las hijas de Eva, vuelve hacia mí, desde esa preciosa Cuna, tus ojos llenos de dulzura y bondad, y continuando tu oficio de Mediadora y Abogada, haz que vea cumplida mi súplica.

No salga yo defraudada en mis esperanzas de tu venerada Cuna, sino que consiga las gracias y los consuelos que te pido.
A mí y a todos, ¡oh María!, alcánzanos el verdadero espíritu de la devoción a Ti, ¡Virgen Niña!, y el don inapreciable de la perseverancia final. Así sea.




Letanias Lauretanas (latín)

Litaniæ Lauretane

V. Kyrie, eléison.
R. Kyrie, eléison.
V. Christe, eléison.
R. Christe, eléison.
V. Kyrie, eléison.
R. Kyrie, eléison.
V. Christe, áudi nos.
R. Christe, áudi nos.
V. Christe, exáudi nos.
R. Christe, exáudi nos.

V. Pater de cælis, Deus,
R. miserére nobis.
V. Fili, Redémptor mundi, Deus,
R. miserére nobis.
V. Spíritus Sancte, Deus,
R. miserére nobis.
V. Sancta Trínitas, unus Deus,
R. miserére nobis.

V. Sancta María.
R. Ora pro nobis
V. Sancta Dei Génetrix.
R. Ora pro nobis
V. Sancta Virgo vírginum.
R. Ora pro nobis
Mater Christi.
Mater Ecclésiæ.
Mater divínæ grátiæ.
Mater puríssima.
Mater castíssima.
Mater invioláta.
Mater intemeráta.
Mater immaculáta.
Mater amábilis.
Mater admirábilis.
Mater boni consílii.
Mater Creatóris.
Mater Salvatóris.
Virgo prudentíssima.
Virgo veneranda.
Virgo prædicánda.
Virgo potens.
Virgo clemens.
Virgo fidélis.
Speculum iustitiæ.
Sedes sapiéntiæ.
Causa nostræ laetítiæ.
Vas spirituále.
Vas honorábile.
Vas insígne devotiónis.
Rosa mystica.
Turris davídica.
Turris ebúrnea.
Domus áurea.
Fœderis arca.
Iánua cæli.
Stella matutína.
Salus infirmórum.
Refúgium peccatórum.
Consolátrix afflictórum.
Auxílium christianórum.
Regína angelórum.
Regína patriarchárum.
Regína prophetárum
Regína apostolórum.
Regína mártyrum.
Regína confessórum.
Regína vírginum.
Regína sanctórum ómnium.
Regína sine labe originali concépta.
Regína in cælum assúmpta.
Regína sacratíssimi rosárii.
Regína famíliæ.
Regína pacis.

V. Agnus Dei, qui tollis peccáta mundi.
R. Parce nobis, Dómine.

V. Agnus Dei, qui tollis peccáta mundi.
R. Exáudi nos, Dómine.

V. Agnus Dei, qui tollis peccáta mundi.
R. Miserére nobis.
Sub tuum præsídium confúgimus, Sancta Dei Génetrix: nostras deprecatiónes ne despícias in necessitátibus, sed a perículis cunctis líbera nos semper, Virgo gloriósa et benedícta.
V. Ora pro nobis Sancta Dei Génetrix.
R. Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.
Oremus: Gratiam tuam, quæsumus, Dómine, méntibus nostris infúnde: ut, qui, Angelo nuntiánte, Christi Fílii tui Incarnatiónem cognovimus, per Passiónem eius et Crucem ad resurrectiónis glóriam perducámur. Per eúndem Chrístum Dóminum nóstrum. Amen.



8 de septiembre: Natividad de la Bienaventurada Virgen María.
De los sermones de San Antonio de Padua.
Digamos, pues: “La gloriosa Virgen María fue como el lucero del alba entre las nubes”. Dice el Eclesiástico: “Belleza del cielo es la gloria de las estrellas, gloria que ilumina el mundo” (43, 9).
En esta expresión se destacan tres eventos, que resplandecieron admirablemente en el nacimiento de la bienaventurada Virgen.
Ante todo, la exultación de los ángeles, indicada por las palabras: “Belleza del cielo”. Se cuenta que un hombre santo, mientras perseveraba en devota oración, oyó venir del cielo la dulce melodía de un canto celestial. Pasado un año, la oyó también en el mismo día. Pidió al Señor que le revelara el significado de ese suceso. Se le respondió que en aquel día había nacido la bienaventurada María, por cuyo nacimiento los ángeles cantaban en el cielo las alabanzas de Dios. He aquí porque hoy se celebra el nacimiento de la gloriosa Virgen.
1 En segundo lugar, se destaca la pureza de su nacimiento con las palabras: “La gloria de las estrellas”. Y “como una estrella difiere de la otra en esplendor” (1Cor 15, 41), así el nacimiento de la bienaventurada Virgen se distingue del de todos los santos.
En tercer lugar, se celebra la luz que resplandeció en el mundo entero, con las palabras: “Ilumina el mundo”. El nacimiento de la gloriosa Virgen iluminó el mundo, cubierto por las tinieblas y la sombra de muerte. Con razón dice el Eclesiástico: “Como el lucero del alba en medio de una nube”.
María, anunciadora del Señor y toda perfecta en si misma:
2. El lucero del alba se llama lucífero, porque resplandece más que las otras estrellas y con mayor propiedad debería llamarse astro. El lucífero precede al sol y anuncia la mañana, y con el fulgor de su luz rocía las tinieblas de la noche.
Lucero del alba y portadora de luz es la bienaventurada María que, nacida en medio de una nube, disolvió la tenebrosa oscuridad y, a los que yacían en las tinieblas, en la mañana de la gracia les anunció el sol de justicia. Refiriéndose a ella, el Señor dijo a Job: “¿Eres tú el que hace despuntar a su tiempo el lucero del alba?” (38, 32).
Cuando llegó el tiempo de la misericordia y el tiempo de edificar la casa del Señor, el tiempo favorable y el día de la salvación, entonces el Señor hizo surgir el lucero del alba, o sea, la bienaventurada María, para que fuese luz de los pueblos. De ella se debe decir lo que el pueblo de Betulia dijo a Judit: “Te bendiga el Señor por tu fortaleza, porque por medio de ti aniquiló a nuestros enemigos. Bendita eres tú, delante del Señor Dios excelso, más que todas las mujeres sobre la tierra. Bendito sea el Señor, que creó el cielo y la tierra y que te guio a herir la cabeza del jefe de nuestros enemigos. Hoy Él exaltó tu nombre, para que no cese jamás tu alabanza en la boca de los hombres” (13, 22 25). La bienaventurada María fue, pues, el lucero del alba en su nacimiento.
De ella dice Isaías: “Saldrá un retoño de la raíz de Jesé, y un renuevo brotará de sus raíces” (11, 1).
Observa que la Virgen es llamada “retoño” por las cinco propiedades que éste posee: es largo, recto, sólido, delgado y flexible. Así María fue larga en la contemplación, recta en la perfección de la justicia, sólida por la firmeza de la mente, delgada (sobria) por la pobreza y flexible por la humildad.
Este retoño nació de la raíz de Jesé, que fue el padre de David; de él desciende María, de la que “nació Jesús, llamado Cristo” (Mt 1, 16). Por este motivo en el evangelio de hoy se lee la genealogía de Jesucristo, hijo de David.
3. “Un retoñó brotará de la raíz de Jesé”. Vamos a estudiar qué significado moral puedan tener estos tres elementos: la raíz, el retoño y la flor. En la raíz está simbolizada la humildad del corazón; en el retoño, la rectitud de la confesión y el compromiso de la satisfacción; y en la flor, la esperanza de la eterna bienaventuranza.
Jesé se interpreta “isla” o “sacrificio”; y es figura del penitente, cuya mente debe ser como una isla. Se llama isla, porque está situada en medio del mar. La mente del penitente está puesta en el mar, o sea, en la amargura, porque es golpeada por los oleajes de las tentaciones; pero resiste inamovible y ofrece a Dios el sacrificio de justicia de suave olor.
La raíz de Jesé es la humildad de la contrición, de la que despunta el retoño de la sincera confesión y el compromiso de una conveniente penitencia. Y Observa que la flor no nace de la punta del retoño, sino de la misma raíz: “Y despuntará una flor de su raíz”, porque la flor, o sea, la esperanza de la bienaventuranza eterna, no nace de la mortificación del cuerpo, sino de la humildad del alma.
Con todo ello concuerda el Evangelio de hoy, en el que Mateo, describiendo la generación de Cristo, pone en primer lugar a Abraham, en segundo lugar a David y en tercer lugar la deportación a Babilonia.
En Abraham, que dijo: “Hablaré a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza” (Gen 18, 27), se designa la humildad del corazón. En David, cuyo corazón fue recto con el Señor, quien dijo: “He hallado en David un hombre según mi corazón” (Hechos 13, 22), está representada la rectitud de la confesión; y en la deportación a Babilonia están figuradas la práctica de la penitencia y la paciencia en las tribulaciones.
Si se realizan en ti estas tres “generaciones”, conseguirás también la cuarta generación, o sea, la de Jesucristo, que nació de la Virgen María, de cuyo nacimiento se canta hoy: “Como el lucero del alba en medio de las nubes”.
4. “Y brilla como la luna en su plenilunio”. La bienaventurada María es llamada luna plena, porque es perfecta bajo todo aspecto. Mientras la ¡una es imperfecta en su ciclo, porque tiene manchas y tiene cuernos (luna creciente o menguante), en cambio, la gloriosa Virgen jamás tuvo imperfecciones, ni en su nacimiento, porque fue santificada en el seno materno y guardada por los ángeles, ni tuvo cuernos (puntas) de soberbia durante los días de su vida; sino que siempre resplandeció de la plenitud de la perfección. Es llamada luz, porque disuelve las tinieblas.
Te rogamos, pues, Señora nuestra, para que Tú, que eres el lucero del alba, expulses con tu esplendor la nube de las sugestiones diabólicas, que cubre la tierra de nuestra mente. Tú, que eres la luna llena, llena nuestro vacío y disuelve las tinieblas de nuestros pecados, para que merezcamos llegar a la plenitud de la vida eterna y a la luz de la gloria sin fin.
Dígnese concedérnoslo aquel que te creó para que fueras nuestra luz; aquel que, para nacer de ti, hoy te hizo nacer a ti.
¡A El sean honor y gloria por los siglos de los siglos! ¡Amén! ¡Así sea!




“No cree verdaderamente sino quien, en su hogar, pone en práctica lo que cree. Por eso, a propósito de aquellos que de la fe no poseen más que palabras, dice San Pablo: profesan conocer a Dios, pero le niegan con las obras”. 
     (San Gregorio Magno , Hom. 26 sobre los Evang.)

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