viernes, 15 de septiembre de 2017

«Junto a la cruz de Jesús estaba de pie su madre…»



San Beda ( Catena Aurea)
Mas hasta la consumación de los siglos, la espada de la más dura tribulación no cesará de traspasar el alma de la Iglesia, al ver que, aunque resucitan muchos con Cristo, una vez oída la palabra de Dios, son muchos también los que niegan y persiguen la fe. También cuando se ve que revelados los pensamientos de muchos corazones en que se ha sembrado la buena semilla del Evangelio, la cizaña de los vicios prevalece, o es la única que germina en ellos.
 
Nuestra Señora del Buen Suceso empezó a explicar a la Madre Mariana los varios significados de que se hubiese apagado la lámpara:
“En el siglo diecinueve, hacia su final, y a través de la mayor parte del siglo veinte, muchas herejías abundarán en esta tierra, que será entonces una república libre. La preciosa luz de la Fe se extinguirá en las almas debido a la casi total corrupción de las costumbres. Para entonces habrán grandes calamidades, físicas y morales, públicas y privadas. Las pocas almas que preservarán la devoción a la Fe y las virtudes sufrirán cruel e indescriptible congoja, algo así como un prolongado martirio; muchos de ellos irán a la tumba debido a la violencia del sufrimiento y serán considerados mártires que se sacrificaron a sí mismos por la Iglesia y la Nación. Para obtener la libertad de la esclavitud de esas herejías, aquellos a quienes el misericordioso amor de mi Santísimo Hijo haya destinado para tal restauración necesitarán gran fuerza de voluntad, constancia, valor y mucha confianza en Dios. Para probar la Fe y Confianza del Justo, momentos vendrán en que todo parezca perdido y paralizado, pero ellos serán el feliz comienzo de la completa restauración”. 



 
  La Santísima Virgen María manifestó a Sta. Brígida que concedía siete gracias a quienes diariamente le honrasen considerando sus lágrimas y dolores y rezando siete Avemarías:



Pondré paz en sus familias.
Serán iluminados en los Divinos Misterios.
Los consolaré en sus penas y acompañaré en sus trabajos.
Les daré cuanto me pidan, con tal que no se oponga a la voluntad adorable de mi Divino Hijo y a la santificación de sus almas.
Los defenderé en los combates espirituales con el enemigo infernal, y protegeré en todos los instantes de su vida.
Los asistiré visiblemente en el momento de su muerte; verán el rostro de su Madre.
He conseguido de mi Divino Hijo que las almas que propaguen esta devoción a mis lágrimas y dolores sean trasladadas de esta vida terrenal a la felicidad eterna directamente, pues serán borrados todos sus pecados, y mi Hijo y Yo seremos su consolación y alegría
 
 
¡Oh Madre del dolor y del sufrimiento! ¡Reina de los mártires! Vos habéis llorado con lágrimas amargas la muerte de vuestro Hijo inmolado por mi salvación; pero ¿de qué me servirán vuestras lagrimas si tengo la desgracia de condenarme? Por los méritos de vuestros dolores, os suplico que os dignéis alcanzarme un verdadero arrepentimiento de mis pecados, un completo cambio de vida y una tierna compasión por los sufrimientos de vuestro Divino Hijo y de los vuestros. Puesto que Jesús y Vos, aunque inocentes, habéis sufrido por mí, haced que yo, que por mis pecados merezco el infierno, padezca también algo por Vos. ¡Oh Divina Madre mía!, por la aflicción que experimentasteis al ver a vuestro divino Hijo inclinar la cabeza y espirar en la Cruz, os suplico que me concedáis una buena muerte. ¡Ah! No desamparéis en aquel terrible trance a mi alma afligida y combatida por todos sus enemigos. Por si no puedo entonces invocar los dulces nombres de Jesús y de María, los invoco desde ahora y os ruego, ¡oh santo objeto de mi esperanza!, que me socorráis en mis últimos momentos. Amén.

San Alfonso María de Ligorio

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