R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que nos acompañen a la hora de nuestra muerte, y ofrezcan la Santa Misa por nosotros



♰♰♰

martes, 9 de octubre de 2018

El heresiarca Bergoglio ataca a la Virgen María, adulterando el significado de las Palabras del Ángel Gabriel en el Misterio de la Anunciación

En su nuevo libro-entrevista  el heresiarca Jorge Mario Bergoglio habla con el padre Marco Pozza para proferir sus multiples blasfemias contra la Santísima Virgen María, donde  Bergoglio en una de sus interpretaciones heréticas pervierte la mariología y le cambia el significado al saludo del arcángel Gabriel a la Santísima Virgen contenidas en el Ave María.


 
 
 
Vatican Insider 08/10/2018: 

En el texto (algunos fragmentos fueron anticipados por el periódico italiano “Il Corriere della Sera”) Bergoglio dice: «Desde que nació hasta la Anunciación, hasta el momento del encuentro con el ángel de Dios, me la imagino como una chica normal, una chica de hoy, una chica no puedo decir de ciudad, porque ella es de un pueblito, pero normal, normal, educada normalmente, abierta a casarse, a crear una familia. Una cosa que imagino es que amaba las Escrituras: conocía las Escrituras, había hecho la catequesis, pero familiar, desde el corazón. Luego, después de la concepción de Jesús, aun una mujer normal: María es la normalidad, es una mujer que cualquier mujer de este mundo puede decir poder imitar. Nada de cosas raras en la vida, una madre normal: también en su matrimonio virginal, casto en ese marco de la virginidad, María fue normal. Trabajaba, iba a hacer las compras, ayudaba al Hijo, ayudaba al marido: normal». 
 
Francisco subraya lo que el arcángel Gabriel le dice a la Virgen en el momento de la anunciación: «El ángel no le dice a María: “Llena eres de intelecto, eres inteligente, eres llena de virtud, eres una mujer ultra-buena”. No: “Llena eres de gracia”, es decir de gratuidad, de belleza. La Virgen es la bella por excelencia. La belleza es una de las dimensiones humanas que demasiado a menudo descuidamos. Hablamos de la verdad, de la bondad y dejamos a un lado la belleza. En cambio, es importante como las demás. Es importante encontrar a Dios en la belleza».


Ya vemos porque los herejes modernistas como el heresiarca Bergoglio odian tanto el Latín,  porque solamente viendo la traducción del Latin se le cae por su propio pesa la mentira blasfema del heresiarca Bergoglio.

Áve María, grátia pléna,
 Dóminus técum.
 Benedícta tū in muliéribus,
 et benedíctus frúctus véntris túi, Iésus.
 Sáncta María, Máter Déi,
 óra pro nóbis peccatóribus,
 nunc et in hóra mórtis nóstrae. Ámen
 
 
Con respecto a la interpretación herética de Bergoglio del Saludo del Arcángel Gabriel a la Virgen María  los sitios de apologética católica destruyen también esta blasfemia herética de Bergoglio :
Cuando el ángel Gabriel utiliza κεχαριτομένη para referirse a  María, utiliza la palabra como pronombre (un pronombre toma el lugar de un nombre o un título), lo cual representa la identidad de la persona de la que se está hablando. El Arcángel se refiere a la Virgen María como la “llena de gracia”. En el caso de Esteban por el contrario se trata de un adjetivo “pleres” (lleno) seguido del genitivo “charitos” (χαριτοω) (de gracia). Los adjetivos reflejan cualidades de los sujetos, mientras que los pronombres sustituyen o identifican al sujeto en una oración.

San Ambrosio
Admiraba también la nueva fórmula de salutación, que nunca se había oído hasta entonces, pues estaba reservada solamente para María. 
 
 
San Alfonso María  de Ligorio contradice la blasfemia herética de Bergoglio:  
Al querer hablar de las virtudes de esta augusta Reina, si bien es cierto que los Evangelios nos suministran muy pocos datos, sin embargo, cuando nos dicen que estuvo llena de gracia, nos dicen, de callada, que estuvo adornada de todas las virtudes, y que las tuvo todas en grado heroico. "De tal suerte que, mientras los demás Santos -como dice Santo Tomás- sobresalieron cada cual en una virtud particular, la bienaventurada Virgen María se aventajó en todas las virtudes, y en todas y en cada una de ellas puede ser nuestro ejemplar y modelo. (Las virtudes de María Santísima, l. c. , p. 545).
SAN FRANCISCO DE SALES
 
“Retírense, pues, esos vanidosos que tienen miedo de que hagamos demasiado honor a la Virgen.
Ella es digna de todo el honor que pertenece a la pura criatura, tanto espiritual como corporal. Los que no son abortos del cristianismo sino que pertenecen a la verdadera generación de Jesucristo aman a esta Señora, la honran y alaban en todo y por todo”.


Los libros malos abundarán en la Tierra y los espíritus de las tinieblas extenderán por todas partes un relajamiento universal en todo lo relativo al servicio de Dios y obtendrán un poder extraordinario sobre la naturaleza: Habrá iglesias para servir a esos espíritus. Mensaje profético de Nuestra Señora  en La Salette

 
Después de leer varios fragmentos de este perverso libro-entrevista no cabe la menor duda que Bergoglio fue inspirado por el diablo para proferir estas blasfemias contra la Santísima Virgen María.
 
 
En este enlace que les comparto arriba ya debatimos esta  herejía blasfema de Bergoglio pero aquí vamos a ampliar dejando que sea el propio Santo Tomás  de Aquino quien combata al apóstata Jorge Mario Bergoglio y así podríamos seguir citando a  todos los santos empezando por San Alfonso María  de Ligorio, San Bernardo entre tantos otros que la lista sería innumerable  y podríamos citar también las revelaciones de muchísimos santos.
 



Ave María comentado por Santo Tomás de Aquino.


Llena de Gracia
 

5. - a) Así es que la Santísima Virgen aventaja a los Ángeles en esas tres cosas.


Y primeramente en la plenitud de la gracia, que es mayor en la Santísima Virgen que en cualquier Ángel ; y por eso, para indicar tal cosa, el Ángel le rindió pleitesía diciéndole "llena de gracia", como si le dijera : te rindo homenaje porque me excedes en plenitud de gracia.


6.- Ahora bien, se dice que la Santísima Virgen es la llena de gracia en cuanto a tres cosas.


Primeramente en cuanto al alma, en la que poseyó toda plenitud de gracia. Porque la gracia de Dios se da para dos cosas: a saber, para hacer el bien y para evitar el mal; y en cuanto a estas dos cosas la Santísima Virgen poseyó una gracia perfectísima. Porque Ella evitó todo pecado mejor que cualquier otro santo, tras de Cristo. En efecto, el pecado es u original, y de éste fue librada desde el útero por la Inmaculada Concepción o mortal o venial, y de éstos fue librada. Por lo cual dice Can. 4, 7: "Toda hermosa eres, amiga mía, y no hay mancha en ti".


Dice San Agustín en su libro De la Naturaleza y de la Gracia: "Exceptuando a la Santa Virgen María, si todos los Santos y Santas cuando vivían aquí (en la tierra) hubiesen sido interrogados si estaban exentos de pecado, todos hubiesen proclamado al unísono: «Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos y no nos asistiría la verdad.» Exceptuada, digo, esta Santa Virgen, acerca de la cual, por el honor debido a Nuestro Señor, cuando de pecados se trata no quiero mover absolutamente ninguna cuestión. En efecto, sabemos que le fue conferida más gracia para vencer por todos sus flancos al pecado, a Ella, que mereció concebir y dar a luz al que nos consta que no tuvo pecado alguno".


7.- También cumplió Ella las obras de todas las virtudes, y los demás Santos alguna particular: porque uno fue humilde, otro fue casto, un tercero misericordioso; y por eso se les presenta como ejemplo de virtudes particulares, como a San Nicolás como modelo de la misericordia. Pero a la Santísima Virgen como modelo de todas las virtudes; pues es Ella el modelo de la humildad: Luc. 1, 38: "He aquí a la esclava del Señor"; y luego 1, 48: "Ha puesto los ojos en la humildad de su esclava"; de la castidad: "pues no conozco varón" (Luc. 1, 34); y de todas las virtudes, como consta plenamente. Así es que la Santísima Virgen es la llena de gracia tanto en cuanto a hacer el bien como en cuanto a evitar el mal.


8.- En segundo lugar fue la llena de gracia en cuanto a la redundancia [de la gracia] de su alma sobre su carne o cuerpo. Porque gran cosa es en los Santos el poseer la gracia suficiente para la santificación del alma ; pero fue tal su plenitud en el alma de la Santísima Virgen que de ella redundó la gracia en su carne para que de esta misma concibiera al Hijo de Dios. Por lo cual dice Hugo de San Víctor: "Porque el amor del Espíritu Santo ardía en el corazón de la Virgen de manera singular, por lo que operaba en su carne maravillas para que de ella naciera el Dios Hombre" Luc. 1, 35: "El Santo que nacerá de ti será llamado el Hijo de Dios".


9.- En tercer lugar por su redundancia en todos los hombres. En efecto, cosa grande es en cualquier Santo que posea tanta gracia que sea suficiente para la salvación de muchos; pero lo máximo sería que poseyeran tanta gracia que fuera suficiente para la salvación de todos los hombres: y esto es lo que ocurre en Cristo y en la Santísima Virgen. Porque en todo peligro puedes obtener la salvación gracias a esta gloriosa Virgen. Por lo que dice el Can. 4, 4: "Mil escudos (o sea remedios contra los peligros) penden de ella". Asimismo en todo acto de virtud la puedes tener como auxilio, por lo cual dice Ella misma, Ecl. 24, 25: "En mí está toda esperanza de vida y de virtud".

 

 
ANUNCIACIÓN A MARÍA
San Alfonso María de Ligorio

(De Las Glorias de María) :


PUNTO SEGUNDO
1. María recibe la suma dignidad
Para comprender la grandeza a que fue ensalzada María, sería preciso comprender cuál sea la excelencia y majestad de Dios. Bastaría decir que Dios hizo de esta Virgen su madre, para comprender que Dios no pudo engrandecerla más de lo que la engrandeció. Con razón dice Arnoldo de Chartres, que Dios, al hacerse hijo de la Virgen, la elevó a una altura superior a la de todos los ángeles y santos juntos. Afirma san Efrén, que después de Dios, ella, sin parangón posible, es más excelsa que todos los espíritus celestiales y más gloriosa. Así lo confirma san Andrés Cretense: “Excepto Dios, superior a todos”. Y san Anselmo que dice: Señora, no tienes quien te iguale, porque todos los demás están, o sobre ti, o son inferiores a ti. Sólo Dios es superior a ti; todos los demás son inferiores a ti”. Es tan grande –afirma san Bernardino– la grandeza de la Virgen, que sólo Dios la conoce y la puede comprender.
No hay que extrañarse –advierte santo Tomás de Villanueva– de que los evangelistas tan extensos en registrar las alabanzas del Bautista o de la Magdalena, hayan sido tan sobrios al describir las excelencias de María. Fue bastante decir –responde el santo– que de ella nació Jesús. ¿Qué más hace falta buscar –sigue diciendo– que digan los evangelistas de las grandezas de María? Basta que atestigüen que es la Madre de Dios. Habiendo declarado con esta afirmación lo máximo y la totalidad de sus privilegios, no fue necesario que se detuvieran a describirlos por partes. Y ¿cómo no? –explica san Anselmo– con decir que María es la Madre de Dios está declarado que posee toda la grandeza que pueda darse después de Dios. Pedro, abad de Celles, añade: De todos sus títulos, como Reina del cielo, Señora de los ángeles, o cualquier otro título honroso, ninguno alcanzaría a honrarla tanto como el llamarla Madre de Dios.
2. María participa de la grandeza de Dios
Esto es evidente, porque como señala El Angélico, cuanto más se acerca algo a su principio tanto más participa de su perfección. Por eso, siendo María la criatura más cercana a Dios, ha participado más que todas las criaturas, de sus gracias, sus perfecciones y su grandeza. Suárez deduce la razón porque la dignidad de Madre de Dios sea de orden superior a toda dignidad creada, de que esa dignidad permanece en cierto modo al orden de la unión con una persona divina con la que está necesariamente unida. Por lo que afirma Dionisio Cartujano que, después de la unión hipostática no hay nada más próximo a Dios que la Madre de Dios. Esta es, señala santo Tomas, la unión suprema que puede darse entre una criatura y Dios: “Es como una suprema unión con una persona infinita”. San Alberto Magno afirma que “ser Madre es la dignidad inmediata a ser Dios. Por lo que María no podía estar más unida a Dios de los que está, a no ser que se convirtiera en Dios”.
Afirma san Bernardino, que la Santísima Virgen, para ser Madre de Dios necesitó ser ensalzada por las personas divinas con una gracia casi infinita. Los hijos se consideran, moralmente hablando, una misma cosa con sus padres, ya que entre ellos son comunes los bienes y los honores, por eso, dice san Pedro Damiano que si Dios habita de modo diverso en las criaturas, en María habitó de modo singular, por identidad, haciéndose una cosa con ella. Y prorrumpe en aquella célebre exclamación: “Callen, pues, todas las criaturas y llenas de temor santo, apenas se atrevan a contemplar la inmensidad de tanta dignidad. Dios habita en la Virgen con la que posee la misma identidad de naturaleza”.
Por esto asegura santo Tomás que habiendo sido hecha María Madre de Dios, por razón de esta unión tan íntima con el bien divino, recibió una dignidad como infinita, que el P. Suárez llama “infinita en su género”, porque la dignidad de la Madre de Dios es la suprema que puede otorgarse a una criatura.
La Santísima Virgen no ha podido recibir mayor dignidad que la de ser la Madre de Dios, por lo que posee una dignidad como infinita a causa del bien infinito que es Dios. También lo afirma san Alberto: “El Señor otorgó a la Santísima Virgen lo máximo que puede otorgar a una criatura, o sea, la maternidad divina”.
3. María, adornada por las más altas gracias
Por eso escribió san Buenaventura aquella célebre sentencia: “Ser Madre de Dios es la gracia mayor que Dios puede otorgar a una pura criatura. Dios no puede hacer más. Puede hacer un mundo mayor y un cielo mayor, pero cosa mayor que una madre de Dios, eso no lo puede hacer”. Pero mejor que todos expresó la Madre de Dios la altura a la que Dios la había sublimado, cuando dijo: Hizo en mí grandes cosas el que es todopoderoso (Lc 1, 49). Y ¿por qué no declaró la Virgen cuáles eran estas grandes cosas que Dios le había otorgado? Responde santo Tomás de Villanueva que no las explicó porque eran tan sublimes, que eran inexpresables.
Razón tuvo san Bernardino al decir que Dios ha creado todo el mundo por esta Virgen que iba a ser su Madre; y san Buenaventura al decir que el mundo se conserva al gusto de María conforme a aquellas palabras de los Proverbios (8, 30): “Allí estaba yo como arquitecto”. Añade san Bernardino que Dios, por amor de María no destruyó al hombre después del pecado de Adán. Con razón canta la Madre, no sólo eligió lo mejor, sino lo mejor de lo mejor, dotándola el Señor en sumo grado –como atestigua san Alberto Magno– de todas las gracias y dones, generales y especiales otorgados a todas las criaturas, todo ello gracias a la dignidad de Madre de Dios que le había otorgado.
María fue niña, pero de ese estado no tuvo defecto ni incapacidad sino la inocencia, pues desde el primer instante tuvo el uso perfecto de la razón. Fue virgen pero sin que ello significara esterilidad. Fue madre, pero con la gloria de la virginidad. Fue hermosa y bellísima como el mismo Señor se lo reveló a santa Brígida diciéndole que la belleza de su madre superó a la de todos los ángeles y a la de toda criatura. Fue bellísima, pero sin daño de quien la contemplaba, ya que su hermosura ahuyentaba las pasiones impuras y por el contrario inspiraba sentimientos de pureza, como lo atestigua san Ambrosio: Era tal su gracia, que no sólo era pura, sino que otorgaba la gracia de la pureza a los que la veían”. También lo afirma santo Tomás: “La gracia de estar confirmada en gracia no sólo impedía a la Virgen las pasiones desordenadas, sino que además tuvo eficacia para los demás, de modo que, siendo la mujer más hermosa imaginable, nadie pudo sentir hacia ella deseos deshonestos”. Por eso se dijo de ella: “Como mirra selecta da perfume de suave olor”, sentencia del Eclesiástico que a ella le aplica la Iglesia. En las actividades cotidianas trabajaba sin que las obras la separaran de la unión con Dios. En la contemplación, estaba recogida en Dios pero sin negligencia de lo temporal ni de la caridad debida al prójimo.
 
San Bernardo:
 
 Con razón, pues, se nos presenta a María vestida del sol, por cuanto penetró el abismo profundísimo de la divina sabiduría más allá de lo que se puede pensar, de suerte que, en cuanto lo permite la condición de simple criatura, sin llegar a la unión personal, parece estar sumergida totalmente en aquella inaccesible luz, en aquel fuego que purificó los labios del profeta Isaías, y en el cual se abrasan los serafines [. . . ]. Muy blanco es en verdad y también muy cálido el vestido de esta mujer, por quien todas las cosas se ven tan excelentemente iluminadas, que no es lícito sospechar en ella nada, no digo tenebroso, pero ni siquiera en modo alguno oscuro o menos lúcido, ni tampoco algo que sea tibio o no lleno de fervor (Hom. en la octava de la Asunción,4).



DE LA CASA DE LA DIVINA SABIDURIA,

LA VIRGEN MARÍA
2. Así, pues, esta sabiduría, que era de Dios, vino a nosotros del seno del Padre y edificó para sí una casa, es a saber, a María virgen, su madre, en la que talló siete columnas. ¿Qué significa tallar en ella siete columnas sino hacer de ella una digna morada con la fe y las buenas obras? Ciertamente, el número ternario pertenece a la fe en la santa Trinidad, y el cuaternario, a las cuatro principales virtudes. Que estuvo la Santísima Trinidad en María (me refiero a la presencia de la majestad), en la que sólo el Hijo estaba por la asunción de la humanidad, lo atestigua el mensajero celestial, quien, abriendo los misterios ocultos, dice: "Dios, te salve, llena de gracia, el Señor es contigo"; y en seguida: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra". He ahí que tienes al Señor, que tienes la virtud del Altísimo, que tienes al Espíritu Santo, que tienes al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Ni puede estar el Padre sin el Hijo o el Hijo sin el Padre o sin los dos el que procede de ambos, el Espíritu Santo, según lo dice el mismo Hijo: "Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí". Y otra vez: "El Padre, que permanece en mí, ése hace los milagros" . Es claro, pues, que en el corazón de la Virgen estuvo la fe en la Santísima Trinidad.  


3. Que poseyó las cuatro principales virtudes como cuatro columnas, debemos investigarlo. Primero veamos si tuvo la fortaleza. ¿Cómo pudo estar lejos esta virtud de aquella que, relegadas las pompas seculares y despreciados los deleites de la carne, se propuso vivir sólo para Dios virginalmente? Si no me engaño, ésta es la virgen de la que se lee en Salomón: ¿Quién encontrará a la mujer fuerte? Ciertamente, su precio es de los últimos confines. La cual fue tan valerosa, que aplastó la cabeza de aquella serpiente a la que dijo el Señor: "Pondré enemistad entre ti y la mujer, tu descendencia y su descendencia; ella aplastará tu cabeza"  Que fue templada, prudente y justa, lo comprobamos con luz más clara en la alocución del ángel y en la respuesta de ella. Habiendo saludado tan honrosamente el ángel diciéndole: "Dios te salve, llena de gracia", no se ensoberbeció por ser bendita con un singular privilegio de la gracia, sino que calló y pensó dentro de sí qué sería este insólito saludo. ¿Qué otra cosa brilla en esto sino la templanza? Mas cuando el mismo ángel la ilustraba sobre los misterios celestiales, preguntó diligentemente cómo concebiría y daría a luz la que no conocía varón; y en esto, sin duda ninguna, fue prudente. Da una señal de justicia cuando se confiesa esclava del Señor. Que la confesión es de los justos, lo atestigua el que dice: Con todo eso, los Justos confesarán tu nombre y los rectos habitarán en tu presencia. Y en otra parte se dice de los mismos: Y diréis en la confesión: Todas las obras del Señor son muy buenas .
4. Fue, pues, la bienaventurada Virgen María fuerte en el propósito, templada en el silencio, prudente en la interrogación, justa en la confesión. Por tanto, con estas cuatro columnas y las tres predichas de la fe construyó en ella la Sabiduría celestial una casa para sí. La cual Sabiduría de tal modo llenó la mente, que de su Plenitud se fecundó la carne, y con ella cubrió la Virgen, mediante una gracia singular, a la misma sabiduría, que antes había concebido en la mente pura. También nosotros, si queremos ser hechos casa de esta sabiduría, debemos tallar en nosotros las mismas siete columnas, esto es, nos debemos preparar para ella con la fe y las costumbres. Por lo que se refiere a las costumbres, pienso que basta la justicia, mas rodeada de las demás virtudes. Así, pues, para que el error no engañe a la ignorancia, haya una previa prudencia; haya también templanza y fortaleza para que no caiga ladeándose a la derecha o a la izquierda.

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