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martes, 10 de octubre de 2017

«El Dogma de la Encarnación descansa sobre el Dogma de la Maternidad divina de María»

 
«Toda la religión cristiana depende de la doctrina de la Encarnación. "Ningún hombre puede poner otro fundamento que el que está puesto, Jesucristo nuestro Señor". Él es la piedra angular de todo el edificio religioso. La unión en Jesucristo de las dos naturalezas, la Divina y la humana, es (se puede decir) todo el cristianismo; todo depende de ello. Sus palabras y Sus obras tienen su valor por el hecho de que fueron hechas y habladas por Aquel que era al mismo tiempo Dios perfecto y hombre perfecto, pero sin embargo, una y la misma Persona»El Dogma de la Encarnación descansa sobre el Dogma de la Divina Maternidad de María tomado de "María en los Evangelios" escrito por el Padre James Spencer Northcote.
 
 

Orígenes:

Dice, pues: "Bendita tú entre las mujeres". Ninguna fue jamás tan colmada de gracia, ni podía serlo, porque sólo ella es Madre de un fruto divino.( Catena Aurea)

 

 
 «La bienaventurada Virgen, como Madre de Dios, saca del bien infinito, que es Dios, una dignidad en cierto modo infinita, y en este sentido, no puede hacerse nada mejor que ella, como nada hay mejor que Dios mismo» (Sto. Tomás, 1° p., q. 25, art. 6, ad 4).


 

Acto de Consagración de San Juan Berchmans

Santísima, Madre de Dios y Virgen María  te elijo en este día como mi reina, patrona, y abogada y firmemente resuelvo  y hago  el propósito de nunca abandónate, de nunca  decir o hacer algo en tu contra, ni  permitir que otros te deshonren. Recibirme, entonces, yo me consagro como tu siervo perpetuo; asistirme en todas mis acciones y no me abandones en la hora de mi muerte. Amén.






"Año Litúrgico"
Dom Gueranger


LA MATERNIDAD DE LA SANTÍSIMA
VIRGEN MARÍA


EL Título de Madre de Dios 

Entre todos los títulos de alabanza tributados a Nuestra Señora no hay ninguno más glorioso que el de Madre de Dios. Ser Madre de Dios es el porqué de María, el secreto de sus gracias y de sus privilegios. Para nosotros este título encierra en sustancia todo el misterio de la Encarnación; y no hay otro por el que podamos con más razón felicitarla a ella y regocijarnos nosotros. San Efrén justamente pensaba que, para dar uno prueba cierta de su fe, le bastaba confesar y creer que la Santísima Virgen María es Madre de Dios.

Y por eso la Iglesia no puede celebrar ninguna fiesta de la Virgen María sin alabarla por este augusto privilegio. En su Inmaculada Concepción, en su Natividad, e igualmente en su Asunción, siempre saludamos en ella a la Santa Madre de Dios. Y eso es precisamente lo que hacemos nosotros también al repetir tantas veces a diario el Ave María.


La Herejía Nestoriana

"Teotokos, Madre de Dios": así se la llamó a María en todo tiempo. Hacer la historia del dogma de la maternidad divina sería hacer toda la historia del cristianismo. El nombre Teotokos de tal forma había penetrado en el espíritu y en el corazón de los fieles, que se armó un escándolo enorme el día el que ante Nestorio, obispo de Constantinopla, un sacerdote, portavoz suyo, tuvo la osadía de pretender que María no era Madre más que de un hombre, porque era imposible que un Dios naciese de una mujer.

Pero entonces ocupaba la silla de Alejandría un obispo, San Cirilo, a quien Dios suscitó para defender el honor de la Madre de su Hijo. Al punto hizo pública su extrañeza: "Estoy admirado de que haya hombres que pongan en duda que a la Santísima Virgen se la pueda llamar Madre de Dios. Si Nuestro Señor es Dios, ¿cómo podrá ser que María, que le dió al mundo, no sea Madre de Dios? Esta es la fe "que nos. transmitieron los discípulos, aunque no se sirviesen de este término; es también la doctrina que nos enseñaron los Santos Padres."


El Concilio del Efeso

Nestorio no admitió cambio alguno en sus ideas. El emperador convocó un Concilio, que inauguró sus sesiones en Efeso el 22 de junio del 431; en él presidió San Cirilo, como legado del Papa Celestino. Se juntaron 200 obispos; proclamaron que "la persona de Cristo es una y divina y que la Santísima Virgen tiene que ser reconocida y venerada por todos como realmente Madre de Dios". Al saberse esta noticia, los cristianos de Efeso entonaron cantos de triunfo, iluminaron la ciudad y acompañaron a sus domicilios con antorchas a los obispos "que habían venido, gritaban, a devolvernos la Madre de Dios y a ratificar con su autoridad santa lo que estaba escrito en todos los corazones".

Y, como ocurre siempre, los esfuerzos del diablo sólo sirvieron para preparar y suscitar un triunfo magnifico a Nuestra Señora; los Padres del Concilio, así cuenta la tradición, para perpetua memoria añadieron al Ave María esta cláusula: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte": oración que desde entonces recitan todos los días millones de almas para reconocer en María la gloria de Madre de Dios que un hereje la quiso arrebatar.


La Fiesta del 11 de Octubre

El año 1931, al celebrarse el centenario XV del Concilio, pensó Pío XI que sería "útil y grato a los fieles el meditar y reflexionar sobre un dogma tan importante" como es el de la maternidad divina. Para que quedase perpetuo testimonio de su piedad a María, escribió la Encíclica Lux Veritatis, restauró la basílica de Santa María la Mayor de Roma y además instituyó una fiesta litúrgica, que "contribuiría al aumento de la devoción hacia la Soberana Madre de Dios entre el clero y los fieles, y presentaría a la Santísima Virgen y a la Sagrada Familia de Nazaret como un modelo para las familias", para que así se respeten cada vez más la dignidad y la santidad del matrimonio y la educación de la juventud. 

En las fiestas del 1° de enero y en las del 25 de marzo tuvimos ocasión de considerar lo que para María lleva consigo su dignidad de Madre de Dios. El tema, por decirlo así, es inagotable: podemos detenernos hoy todavía unos momentos más.


María Exterminadora de la Herejías

"Alégrate, oh Virgen María, porque tú sola has destruido en todo el mundo todas las herejías"; Esta antífona de la Liturgia demuestra clara mente que el dogma de la maternidad divina es el sostén y la defensa de todo el cristianismo Confesar la maternidad divina, vale tanto como confesar, en el Verbo Encarnado, la naturaleza humana y la naturaleza divina, y también la unidad de persona; es afirmar la distinción de personas en Dios y la unidad de su naturaleza; es reconocer todo el orden sobrenatural de la gracia y de la gloria.


María es con toda Verdad Madre de Dios

Ahora bien, es fácil reconocer que María es con toda propiedad Madre de Dios. "Si el Hijo de la Santísima Virgen es Dios, escribía Pío XI en su Encíclica Lux Veritatis, la que le engendró debe llamarse Madre de Dios; si la persona de Jesucristo es una y divina, no cabe duda ninguna que todos tienen que llamar a María Madre de Dios y no sólo Madre de Cristo-hombre... Del mismo modo que a las demás mujeres se las llama madres, y lo son realmente, porque en su seno formaron nuestra sustancia caduca y no porque creasen el alma humana así alcanzó la Virgen la maternidad divina por el hecho de haber engendrado a la única persona de su Hijo."


Consecuencias de la Maternidad Divina

De aquí se derivan como de una misteriosa y viva fuente la gracia especial de María y su suprema dignidad después de Dios. La Bienaventurada Virgen María tiene una dignidad casi infinita, dice Santo Tomás, y proviene del bien infinito que es Dios. Cornelio a Lapide explica así estas palabras: es Madre de Dios: sobrepuja, por consiguiente, en excelencia a todos los Angeles, Querubines y Serafines. Es Madre de Dios: es, por tanto, la más pura y las más santa de todas las criaturas, y, excepción hecha de Dios, no es posible figurarse mayor santidad que la de la Santísima Virgen. Es Madre de Dios: por eso, se la concedió a ella su privilegio antes que a cualquier Santo se concediese cualquier privilegio del orden de la gracia santificante".


Dignidad de María

Este privilegio de la divina maternidad relaciona a María con Dios con una relación tan particular y tan íntima, que no hay dignidad creada que pueda compararse con la suya. Esa dignidad la pone en relación inmediata con la unión hipostática y la hace entrar en relaciones íntimas y personales con las tres personas de la Santísima Trinidad.


María y Jesús

La maternidad divina une a María con su Hijo con un lazo mucho más fuerte que el de las demás madres con respecto a sus hijos. Estas no son las únicas que intervienen en la generación, mientras que la Santísima Virgen fué ella sola la que produjo a su Hijo, el Hombre-Dios, de su propia sustancia, Jesús es fruto de su virginidad. Pertenece a su Madre porque ella le concibió y le dió a luz en el tiempo, ella le alimentó con la leche virginal de sus pechos, ella le educó, ella ejerció sobre El su autoridad maternal.


María y el Padre

La maternidad divina liga a María con el Padre de una manera que no se puede expresar con palabras humanas. María tiene por Hijo al mismo Hijo de Dios; imita y reproduce en el tiempo la generación misteriosa por la que el Padre engendra a su; Hijo en la eternidad. Y de ese modo llega a ser la coasociada del Padre en su Paternidad: "Si el Padre nos ha dado pruebas de un afecto sincero, decía Bossuet, porque nos ha dado a su Hijo por Maestro y Salvador, el amor inefable que siente por ti, oh María, le hizo concebir otros muchos planes en nuestro favor. Dispuso que fuese tan tuyo como de El; y, para formar contigo una sociedad eterna, quiso que fueses la Madre de su único Hijo y ser Él el Padre del tuyo"(1).


María y el Espíritu Santo

La maternidad divina une igualmente a María con el Espíritu Santo, ya que por el Espíritu Santo concibió al Verbo en su seno. León XIII llama a María: Esposa del Espíritu Santo (2). Y María es su santuario privilegiado a causa de las maravillas inauditas de la gracia que ese Espíritu divino obró en ella.

"Si Dios está con los Santos, concluye San Bernardo, está con María de un modo particularísimo; porque, entre Dios y ella la conformidad es tan perfecta, que Dios se ha unido no sólo a su voluntad, sino también a su carne, y de su sustancia y de la sustancia de la Virgen, hizo un solo Cristo; Cristo, aunque no procede en lo que es, ni todo completo de Dios ni todo completo de lá Virgen, no deja de ser, esto no obstante, todo entero de Dios y todo entero de la Virgen; pues no hay dos hijos, sino uno solo, que lo es de Dios y de la Virgen. Por eso la dice el ángel: Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Está contigo no sólo el Señor Hijo, a quien tú revistes de tu carne, sino el Señor Espíritu Santo, de quien tú concibes y el Señor Padre, que ha engendrado al que tú concibes. El Padre está contigo y hace que su Hijo sea tuyo; el Hijo está contigo y, Para realizar en ti el admirable misterio, se abre milagrosamente para sí tu seno, pero respetando el sello de tu virginidad; el Espíritu Santo está contigo y juntamente con el Padre y el Hijo, santifica tu seno. Ciertamente, el Señor "está contigo"(3).


Notas

1. Sermón sur la dévotion á la Sainte Vierge.
2. Encíclica Divinum Munus, 9 de mayo d e 1897.
3. III Homilía super Missus est.
 
 
 
 
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1 comentario:

  1. San Cirilo de Alejandría (370-444)

    Salve María, Madre de Dios

    ¡Salve, María, Madre de Dios, Virgen y Madre, lucero y vaso de elección! ¡Salve, Virgen María, Madre y Sierva; Virgen en verdad por Aquél virgen que nació de ti; Madre por virtud de Aquél que llevaste en pañales y nutriste con tus pechos; Sierva, por Aquél que tomó la forma de Siervo. Como Rey quiso entrar en tu ciudad, en tu seno, y salió cuando le plugo, cerrando para siempre su puerta, porque concebiste sin obra de varón y fue divino tu alumbramiento. ¡Salve, María! templo donde mora Dios, templo santo, como lo llama el profeta David cuando dice: “Santo es tu templo, admirable por la justicia”.

    ¡Salve, María! la más preciosa creatura de la creación; ¡Salve, María! purísima paloma; ¡Salve, María! antorcha inextinguible; ¡Salve! porque de ti nació el sol de justicia, ¡Salve, María! ¡Morada de la inmensidad, que encerraste en tu seno al Dios inmenso, al Verbo unigénito, produciendo sin arado y sin semilla la espiga inmarcesible! ¡Salve, María, Madre de Dios! Aclamada por los profetas, bendecida por los pastores cuando los ángeles cantaron el sublime himno de Belén. ¡Salve, María, Madre de Dios, alegría de los ángeles, júbilo de los Arcángeles que te glorifican en el Cielo! ¡Salve, María, Madre de Dios! por ti adoraron a Cristo los magos guiados por la estrella de Oriente; ¡Salve María, Madre de Dios, honor y prez de los apóstoles! ¡Salve, María, Madre de Dios, por quien Juan el Bautista desde el seno de su madre saltó de gozo, adorando como lucero a la luz perenne! ¡Salve, María, Madre de Dios! que trajiste al mundo la gracia inefable de la cual dice San Pablo: A todos los hombres se manifestó la gracia de Dios Salvador.

    ¡Salve, María, Madre de Dios! Que hiciste brillar en el mundo al que es la luz verdadera, a nuestro Señor Jesucristo, al que dice en su Evangelio: “Yo soy la luz del mundo”. ¡Salve, Madre de Dios! que alumbraste a cuantos estaban en tinieblas y sombras de muerte; “porque el pueblo sentado en las tinieblas vio una luz grande”; aquella luz que no es otra que Jesucristo nuestro Señor, luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. ¡Salve María, Madre de Dios! Madre del que los Evangelios proclaman bendito: Bendito el que viene en el nombre del Señor.
    ¡Salve, María, Madre de Dios! Por quien se poblaron de Iglesias nuestras ciudades. ¡Salve, María, Madre de Dios, por quien vino al mundo el vencedor de la muerte y el destructor del infierno! ¡Salve, María, Madre de Dios por quien vino al mundo el autor de la creación y el restaurador de las creaturas, el Rey de los cielos! ¡Salve, María Madre de Dios, por quien brilló y resplandeció la gloria de la resurrección! ¡Salve, María, Madre de Dios, por quien lució el sublime bautismo de santidad en el Jordán! ¡Salve, María, Madre de Dios, por quien el Jordán y el bautista fueron santificados y el demonio destronado! ¡Salve María, Madre de Dios, por quien todo espíritu fiel alcanza la salvación eterna! ¡Salve, María, Madre de Dios! ... porque calmaste y serenaste los mares para que pudiesen cruzarlos, con bonanza, nuestros siervos y cooperadores, conduciéndolos, con alegría y gozo del alma, a esta asamblea de entusiastas defensores de tu honor.

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