jueves, 15 de septiembre de 2016

El sufrimiento y el dolor de María unido a la Cruz de Cristo.

 
 
«Junto a la cruz de Jesús estaba de pie su madre…»
(Jn 19, 25).
Los que han abandonado la fe católica para convertirse en apóstatas  bergoglianos, tampoco pueden celebrar esta fiesta católica, no solamente porque su líder Bergoglio, en varias ocasiones ha blasfemado a la Virgen María, sino también  porque no entiende el valor del sufrimiento humano, pues no es católico y por eso no entiende la doctrina católica, así como los ateos que niegan a Dios. Bergoglio fabricó una nueva religión  sin la cruz redentora de Cristo. Quienes se obstina en el pecado rechazan a Cristo como Redentor.

La Virgen Dolorosa nos enseña a los cristianos a tener fortaleza ante los sufrimientos de la vida presente y unirlos a la Cruz de su hijo Jesucristo.  
 
 
 

 

 

 - Lc 2,33-35 -


Su padre y su Madre escuchaban con admiración las cosas que de El se decían. Y los bendijo Simeón, y dijo a María, su Madre: "Este niño que ves está destinado para ruina y para resurrección de muchos en Israel y para ser el blanco de la contradicción, lo que será para ti misma una espada que traspasará tu alma, para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones".

 

San Beda ( Catena Aurea)

Mas hasta la consumación de los siglos, la espada de la más dura tribulación no cesará de traspasar el alma de la Iglesia, al ver que, aunque resucitan muchos con Cristo, una vez oída la palabra de Dios, son muchos también los que niegan y persiguen la fe. También cuando se ve que revelados los pensamientos de muchos corazones en que se ha sembrado la buena semilla del Evangelio, la cizaña de los vicios prevalece, o es la única que germina en ellos.



1 Tesalonicenses 3:3-4  a fin de que ninguno se conturbe ni bambalee por estas tribulaciones; pues vosotros mismos sabéis que a esto estamos destinados.
 Porque ya cuando estábamos con vosotros, os predecíamos que habíamos de padecer tribulaciones, así como ha sucedido, y tenéis noticia de ello. 

Daniel 11:35 También serán perseguidos algunos de los que instruían al pueblo, para que, puestos a prueba, sean purificados y perfeccionados, hasta que llegue el momento final que ya ha sido señalado.

 

Apocalipsis 13:10 «A los que deban ir presos, se los llevarán presos; y a los que deban morir a filo de espada, a filo de espada los matarán.» Aquí se verá la fortaleza y la fe del pueblo santo.

Daniel 12:10 Muchos serán escogidos y blanqueados, y purificados como por fuego. Los impíos obrarán impíamente; ninguno de los impíos lo entenderá; mas los sabios o prudentes lo comprenderán.  



 

Nuestra Señora del Buen Suceso empezó a explicar a la Madre Mariana los varios significados de que se hubiese apagado la lámpara:



“En el siglo diecinueve, hacia su final, y a través de la mayor parte del siglo veinte, muchas herejías abundarán en esta tierra, que será entonces una república libre. La preciosa luz de la Fe se extinguirá en las almas debido a la casi total corrupción de las costumbres. Para entonces habrán grandes calamidades, físicas y morales, públicas y privadas. Las pocas almas que preservarán la devoción a la Fe y las virtudes sufrirán cruel e indescriptible congoja, algo así como un prolongado martirio; muchos de ellos irán a la tumba debido a la violencia del sufrimiento y serán considerados mártires que se sacrificaron a sí mismos por la Iglesia y la Nación. Para obtener la libertad de la esclavitud de esas herejías, aquellos a quienes el misericordioso amor de mi Santísimo Hijo haya destinado para tal restauración necesitarán gran fuerza de voluntad, constancia, valor y mucha confianza en Dios. Para probar la Fe y Confianza del Justo, momentos vendrán en que todo parezca perdido y paralizado, pero ellos serán el feliz comienzo de la completa restauración”. 



 
Del libro "Imitación de María", del Beato Tomás de Kempis:
 
La Virgen Bienaventurada sufrió muchísimo por los errores del mundo y por la perversidad de tanta gente; se compadeció de los que estaban verdaderamente arrepentidos o duramente tentados. Se afligió por la enorme ingratitud de los hombres, para quienes Dios Padre, había mandado a su Hijo unigénito, encarnado por amor, a fin de que reconquistaran el paraíso, que un día habían perdido por el pecado de Adán. Se apesadumbró por la condenación de los malos, que, despreciando la palabra de Dios preferían el mundo antes que el cielo, y perseguían las falaces riquezas en vez de las auténticas virtudes. Sufrió por la persecución de los inocentes y la violencia de los malvados, por el desprecio de los pobres y la altanería de los soberbios, por el descuido del culto divino y la trasgresión de los mandamientos de Dios y constituía para ella motivo de profundo padecimiento el hecho de que el mundo entero estuviese sumergido en el mal y fuesen pocos los dispuestos a recibir la luz eterna, encendida en el mundo por medio de ella, Madre de inmensa piedad. Tuvo para con todos grandísima paciencia y llevó una vida repleta de sufrimientos, al mismo tiempo que rogaba con lágrimas y sollozos por la salvación de las almas.

Si quieres conocer más a fondo cuáles y cuántos sufrimientos aguantó María en la persecución y en la pasión de su amado Hijo, sabrás que bebió hasta la última gota el cáliz de tantos amargos pesares como los que bebió Jesús en cada instante de su vida y a causa de todas las heridas infligidas a su cuerpo. Efectivamente, ¿cuándo Jesús tuvo que sufrir de parte de los hombres contrariedad y desprecio, sin que también ella los sufriese por compasión? Si ella sufrió, cuando perdió a Jesús sólo por algún día, ¿cuánto no habrá llorado al verlo crucificado y luego muerto? Los que aman a Jesús saben bien que el afecto maternal de María superó en el sufrimiento al de todas las almas piadosas. Por lo cual, si quieres conocer la violencia del dolor en la Madre, piensa en la vehemencia del amor en la Virgen.


 
 
¡Oh Madre del dolor y del sufrimiento! ¡Reina de los mártires! Vos habéis llorado con lágrimas amargas la muerte de vuestro Hijo inmolado por mi salvación; pero ¿de qué me servirán vuestras lagrimas si tengo la desgracia de condenarme? Por los méritos de vuestros dolores, os suplico que os dignéis alcanzarme un verdadero arrepentimiento de mis pecados, un completo cambio de vida y una tierna compasión por los sufrimientos de vuestro Divino Hijo y de los vuestros. Puesto que Jesús y Vos, aunque inocentes, habéis sufrido por mí, haced que yo, que por mis pecados merezco el infierno, padezca también algo por Vos. ¡Oh Divina Madre mía!, por la aflicción que experimentasteis al ver a vuestro divino Hijo inclinar la cabeza y espirar en la Cruz, os suplico que me concedáis una buena muerte. ¡Ah! No desamparéis en aquel terrible trance a mi alma afligida y combatida por todos sus enemigos. Por si no puedo entonces invocar los dulces nombres de Jesús y de María, los invoco desde ahora y os ruego, ¡oh santo objeto de mi esperanza!, que me socorráis en mis últimos momentos. Amén.

San Alfonso María de Ligorio

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