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domingo, 25 de febrero de 2018

Cardenal Sarah: “¿Por qué nos obstinamos en dar la Comunión de pie y en la mano? ”

 
El Ángel de la Paz nos indica entonces cómo debemos comulgar el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. La oración de reparación dictada por el Ángel, lamentablemente, es cualquier cosa menos obsoleta. ¿Pero cuáles son los ultrajes que Jesús recibe en la Hostia santa, por los cuales es necesario reparar? En primer lugar, están los ultrajes contra el Sacramento mismo: las profanaciones horribles, de las cuales algunos ex-satanistas convertidos han dado noticia y una descripción espantosa; los ultrajes son también las Comuniones sacrílegas, recibidas no en gracia de Dios o no profesando la fe católica (me refiero a ciertas formas de la llamada 'Intercomunión'). En segundo lugar, constituye un ultraje a nuestro Señor todo lo que podría impedir la fecundidad del Sacramento, especialmente los errores sembrados en la mente de los fieles para que no crean más en la Eucaristía. Las terribles profanaciones que se llevan a cabo en las llamadas "misas negras" no perjudican directamente al que es ultrajado en la Hostia, ya que terminan sólo en los accidentes del pan y del vino.
 

 
Por supuesto, Jesús sufre por las almas de los profanadores, por los que derramó esa Sangre que tan miserable y cruelmente desprecian. Pero Jesús sufre más cuando el don extraordinario de su Presencia eucarística divino-humana no puede llevar los potenciales efectos a las almas de los creyentes. Y entonces entendemos cómo el ataque diabólico más insidioso consiste en tratar de extinguir la fe en la Eucaristía, sembrando errores y favorecer una manera que no es apta para recibirla; de hecho, la guerra entre [el árcangel] Miguel y sus ángeles por un lado, y Lucifer por el otro, continúa en el corazón de los fieles: el objetivo de Satanás es el sacrificio de la Misa y la presencia real de Jesús en la Hostia consagrada. Este intento de rapiña sigue a su vez dos ejes: el primero es la reducción del concepto de ' presencia real '. Muchos teólogos no dejan de eliminar o despreciar – a pesar de los continuos recordatorios del Magisterio – el término ' transubstanciación '. Bien ha hecho entonces don Bortoli en componer una amplia introducción histórica sobre la fe genuina de la Iglesia en las palabras "éste es mi cuerpo... ésta es mi sangre...": un simple "es", pero que revela todo el amor de Cristo, su ardiente deseo de querer estar físicamente cerca de nosotros, así como estuvo cerca de la Virgen, de San José, de los discípulos, de la multitud para alimentar, de los discípulos de Emaús... Los buenos Doctores y el Magisterio de la Iglesia han encontrado en la palabra 'transubstanciación' un bastión inexpugnable para las herejías, y, al mismo tiempo, el término más conformado para señalar el amor realísimo – 'sustancioso', precisamente – presente en las especies sagradas, independientemente de las disposiciones del hombre y de su pensamiento.

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