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viernes, 17 de noviembre de 2017

Impostura bergogliana: autonomía Sí, pero de dirección obligatoria

por Cesare Baronio
(traducción del original por F.I. 
Fuente aquí)
 



Todas las utopías anticristianas, sean las religiosas que las políticas, se presentaron bajo la apariencia de un movimiento popular desde abajo, mientras que en realidad se inpusieron con los métodos de la tiranía: fueron una tiranía la Pseudoreforma luterana, el cisma anglicano, la Revolución francesa, el Risorgimento, el comunismo, el nazifascismo, el Concilio Vaticano II. Lo son hoy las democracias en las cuales se impone a las masas la teoría gender, el matrimonio homosexual y la invasión islámica. No constituye una excepción la neo-iglesia, cuyo princeps demuestra en los hechos un autoritarismo y una arrogancia en el ejercicio del poder del todo opuestas a los pretextos de democratización y colegialidad que nos llegan desde la curtis.

Heredero y servil ejecutor del Vaticano II -diga lo que diga Socci-, Bergoglio está hoy llevando a cumplimiento lo contenido in nuce en aquella infausta junta, que impuso  a la Iglesia las decisiones de conventículos de expertos progresistas con la complicidad y la connivencia de sus Papas. Puesto que aquello que las bellas almas del Concilio llaman excesos no son otra cosa sino la coherente aplicación de la voluntad partisana y facciosa de una élite.

El grotesco documento Amor laetitiae demuestra que la pretendida autonomía del Episcopado y de las Conferencias Episcopales en clave colegialista y parlamentarista, lejos de tomarse a pecho la salvación eterna de concubinarios y adúlteros, debe leerse ad mentem Bergollei, es decir, con la decidida intención de admitir a los sacramentos a quienes resulten indignos de ellos. Y si por un lado hay algunas Conferencias Episcopales que confirmaron la disciplina tradicional, por el otro la praxis asumida es que los divorciados pueden comulgar en el Sagrado Banquete y participar de la vida sacramental de la Iglesia. Lo prueba la entusiástica acogida de Amor laetitiae de parte de la Conferencia Episcopal alemana y de la maltesa, la censura de no pocos obispos para con los clérigos refractarios a la novedad y las expulsiones de docentes críticos con aquel documento en ateneos nominalmente católicos. Es inútil decir que dentro de las Murallas Leoninas la simple sospecha que un oficiad de Congregación pueda no estar alineado alcanza para decidir su despido. En las barbas mismas de la parrhesia. De poco valen los Dubia y las correcciones filiales, las peticiones y las recolecciones de firmas, ignorados con tiránico desprecio por Bergoglio.

El motu proprio Magnum principium no es la excepción. Otra vez más, con el pretexto de una mayor democratización y de una más difundida participación del episcopado en el gobierno de la Iglesia, es evidente que la libertad y la autonomía concedidas a las Conferencias episcopales y a los obispos pueden ejercitarse sólo y exclusivamente si están en línea con la voluntad del Príncipe. 

Y he aquí la prueba.

Imaginemos por un absurdo que sea posible delegar a las Conferencias episcopales nacionales la disciplina litúrgica, y que la Santa Sede quisiera realmente que toda traducción de los textos litúrgicos sea congruente con la sana doctrina, aunque más no sea en la diversidad de las lenguas vernáculas.

Imaginemos que una Conferencia episcopal o un Ordinario, a instancias del motu propio de altisonante incipit Magnum principium, legisle en sentido tradicional, estableciendo, por ejemplo, que las palabras de la consagración pro multis sean fielmente traducidas, aplicando aquello que había mandado -sin ser escuchado- Benedicto XVI en la Carta al presidente de la Conferencia episcopal alemana del 14 de abril de 2012.

Imaginemos que los obispos de un hipotético Estado, acaso apelando a la Sacrosanctum concilium, decidan que de ahora en más será obligatorio celebrar la Misa en lengua latina -usus linguae latinae in ritibus latinis servetur-, limitando el uso del vernáculo a casos específicos y esporádicos.

Imaginemos que éstos, aplicando el motu proprio Summorum Pontificum y sus normas anejas emanadas por la Santa Sede, impongan al clero nacional el saber celebrar en la así llamada «forma extraordinaria». Imaginemos que dicha Conferencia episcopal establezca que en cada parroquia por lo menos una Misa dominical se celebre en rito antiguo.

¿Creéis que Bergoglio -según sus palabras, tan respetuoso de la descentralización y de la autonomía de las Conferencias episcopales- aceptaría que en esa nación el motu proprio Magnum principium se entienda en sentido tradicional? ¿Creéis realmente que no intervendría? ¿Creéis que dejaría impunes a los obispos de aquella nación? ¿O no usaría más bien el propio poder y la propia autoridad directa, inmediata y absoluta, para restablecer la Babel litúrgica y doctrinal, desautorizando la decisión de los obispos?

Por otra parte, si no tuvo escrúpulos en corregir públicamente al Prefecto de la Congregación para el culto divino, cardenal Sarah, con mayor razón no tendría problemas en hacerlo con el obispo de una diócesis o de una Conferencia episcopal, cosa por lo demás ya verificada anteriormente en otros clamorosos casos, empezando por el indecoroso escándalo de la Orden de Malta o, más recientemente, con las subterráneas interferencias en la  discrepancia planteada por la Conferencia episcopal polaca a propósito de Amor laetitiae.

He aquí entonces demostrada la facciosidad del documento papal. El cual usa como pretexto la autonomía de las iglesias nacionales con el único objetivo de delegar en éstas -como ocurre ahora con Amor laetitiae- la introducción de normas laxistas y permisivas, la aprobación de praxis cada vez más progresistas y ecuménicas, con la certeza de que en los lugares de poder hay personas que secundan la voluntad del soberano absoluto.

Y justamente como con Amor laetitiae hay muchas Conferencias episcopales que admiten a los concubinarios a los sacramentos y sólo algunas que confirman la praxis católica tradicional, así en el ámbito litúrgico tendrá que haber Conferencias episcopales que supriman el aspecto sacrificial de la Misa para introducir la intercomunión con los protestantes, mientras sólo algunas -mal toleradas, y apenas de momento- siguen no autorizándola, siquiera oficialmente. Y ciertamente sin tener ninguna posibilidad de obligar a los propios clérigos a obedecer, desde el mismo momento en que a éstos les bastaría posar sus piececitos en el refectorio de Santa Marta para verse reintegrados en las propias funciones.

¿Otro ejemplo? Tomemos a los cismáticos de Oriente: los únicos puntos en común sobre los cuales versa el diálogo ecuménico son aquellos que debilitan el primado petrino, mientras que en lo tocante a la sacralidad de los ritos se calla obstinadamente, en vista de que no avanzan en la dirección querida por Bergoglio y amenazan con dar crédito a aquellos que piden una liturgia más decorosa. Y viceversa, con los heréticos protestantes se dialoga de intercomunión -por ahora sólo en ciertos casos, pero ya sabemos cómo terminan estas cosas-, al paso que ésta es impracticable y conduciría a la distorsión del edificio doctrinal católico en su totalidad.

Lo mismo vale para el jus soli. Si gracias al mismo se concediera la ciudadanía italiana a inmigrantes católicos como los filipinos, nuestra Italia no tendría que temer una pacífica convivencia con estos nuevos ciudadanos que, por su parte, harían un precioso aporte a la defensa de la común tradición cristiana y de los comunes valores morales y espirituales.

Pero éste no es el objetivo por el que Avvenire y los políticos promueven el jus soli: ellos quieren que vengan a Italia mahometanos e idólatras y paganos y ateos, de modo de borrar los últimos restos de catolicidad de nuestro país. Y si ocurriera de veras que un contingente de filipinos tuviese que desplazarse hacia Italia, se les exigiría de inmediato el juramento de fidelidad a la laicidad del Estado y se condicionaría la concesión de la ciudadanía a las aceptación del aborto, la eutanasia, las parejas gay, etc.

Verba volant -las palabras llegan a todas partes- y scripta manent -las cosas escritas quedan en el papel. Que lo tengan en cuenta quienes creen poder obtener ope legis aquello que en los discursos de ocasión y en las intemperantes telefoneadas de Santa Marta se pone diariamente en tela de juicio.

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